Lo único certero que siento por estos días es que todas las mañanas despierto con otra forma. La exploración de estos senderos para mi es una herramienta existencial inmensa, descarga emotiva de la humanidad que me construye y gesta. Cuanto más buceo en el interior y profundidades del ser más comprendo sobre la infinidad de fragmentos del universo que nos circunda; y aunque sólo pueda visualizar algunas partes, estos son los indicios de que construyo nuevas posibilidades dentro de la propia realidad individual y colectiva, poniendo en evidencia que nada es tan hermético o sólido como aparenta la corteza de los sucesos.

Dentro de la gran ruptura de los bloques inmóviles de cemento que van dibujando un nuevo paisaje intento desaprender lo aprendido, como última señal de un tren que se escucha a lo lejos pero nunca se llega a ver.

Cuanto más trabajo comprendo que las obras son una construcción de todos, se materializan con la memoria del tiempo, los pensamientos y sueños que se comparten en un espacio que a veces no tienen forma tangible. Siento que en los procesos esta el alma, flujo ferviente de energía que corre sin detenerse. Las piezas acabadas, inmóviles, sólo dejan inútilmente un rastro en pausa de la gran inmensa catarata que ha transcurrido detrás de ellas.

En este nuevo paradigma el arte viene a generar puentes entre la gran tangente que nos ha divido durante tanto tiempo, como aquel cordón invisible que en silencio, lo une todo.


Obras en Trastienda

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